Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas

21 octubre, 2011

El gran batacazo

Fotografía del autor

Desde los anales de la humanidad, ésta ha ido detrás de miles de sueños. Cada persona ha buscado siempre el suyo propio. Tras años de sufrimiento ha habido quien lo ha conseguido. Unos lo lograron sin enterarse, sin esfuerzo alguno, mientras otros se quedaron en el camino.

Y la historia se repite y se repetirá hasta que la humanidad expire. Mientras sigamos pensando por nosotros mismos, perseguiremos algún sueño. Hay gente que cuando lo consigue, se desengaña por haberlo idealizado de una forma totalmente distinta a como después ha sido realmente. Pero en fin, dejemos que se equivoque por si mismo. Aconsejemos pero no se nos ocurra disuadir al no ser que se vaticine una verdadera catástrofe por el camino. De los batacazos aprendemos, y yo que llevo unos pocos, luzco unos lustrosos chichones y moratones a modo de autolesión. Pero finalmente he superado estos escollos y ahora sé qué debo y qué no debo hacer. Tropezaré en otras piedras, pero difícilmente en las mismas pues como humano que soy, ya he magullado mis pies en dos ocasiones y no ocurrirá lo mismo una tercera vez.

Como se suele decir, nadie escarmienta en cabeza agena y yo quiero ser una de estas cabezas. Celebremos nuestros batacazos como los grandes éxitos que puedan aparecer en un futuro.

17 septiembre, 2011

Las lágrimas de Valle

Fotografía del autor


Uno de mis destinos vacacionales desde la infancia es un pueblo de Pontevedra al cual me unen lazos de estirpe. Este verano también he sido acogido por sus frías aguas saladas y dulces, sus huertas que desprenden olor a quemado, sus eucaliptos y laureles de los que una vez más me he abastecido para todo el año, sus gentes que desprenden un tono de sabiduría anclado a la tierra e, incluso, de la "Santa Compaña" que anda por estas tierras en ocasiones taciturnas. Sí, este verano también he ido allí y sigue sucediendo lo de todos los años pero cada vez más acentuado. Independientemente del mayor reclamo de turistas que es el mar, lo más atractivo  del pueblo es su casco viejo. Casas centenarias llenas de historia se hunden sin remisión. Cuatro paredes que únicamente albergan zarzas, matojos e incluso árboles; cuatro paredes que ya revientan por la más variable vegetación que quiere integrarse en la piedra.

Sin embargo esto le da un aspecto de cierto encanto y autenticidad que desaparecerá cuando también lo hagan  sus muros, cuando en su lugar levanten un espantajo sin gracia y desarraigado. Tampoco pasan desapercibidas aquellas casas a las que han levantado una planta más y que, como añadidos que son, perturban mi vista.


Exactamente no sé a quién culpar de todos estos despropósitos: al Ayuntamiento (por el cual apuesto),  a la Xunta, al Patrimonio Histórico... Tal vez todos tengan su parte de culpa. El caso que mientras tanto, este pueblo terminará por perder su identidad. El fantasma de Valle Inclán vagará por sus calles y dirá: "Max, amigo, pégame con tu bastón en todo lo alto de la cocorota y hazme perder el conocimiento... Sin resentimientos, amigo". Sí, lectores, estamos hablando de Villanueva de Arosa, pueblo natal de Valle y donde por cierto la casa que lo vio nacer ha sido propiedad de unos tíos de mi madre, estando ahora destinada a desaparecer si nadie lo remedia mientras se levanta majestuoso el pazo contiguo donde más tarde vivió.

02 julio, 2011

Se vende

Fotografía del autor


Hace unos días fui a una de esas tiendas de segunda mano con la pretensión de vender un cochecito de bebé. El capazo superpuesto en la sillita y el maxicosis colgado de un brazo haciendo todo tipo de malabarismos por la calle. Estaba allí relativamente temprano y no había mucha gente por delante de mí aunque tuve que esperar lo mío. De llegar quince minutos después, tendría que haber formado cola en la calle como ahora hacía un grupo de personas. Éstas, con sus pequeños paquetes, y yo, ahí plantado con aquel armatoste esperando ganar un pastón esperando ganar un pastón, porque el burro grande ande o no ande.

Las caras eran circunstantes. En muchos se veía que estaban allí para desprenderse de objetos inútiles a los que no daban uso. En otros en cambio, se notaba pretendían sacar unas cuantas monedas para subsistir unos cuantos días más. Había a mi lado un señor que intentaba guardar la compostura. Vestía un traje pasado de moda, con unas gafas de pasta, antiguas, que seguramente necesitasen ser graduadas, con mostacho y un pelo lavado sin champú, de rostro tristón. En un rato le llamaron al móvil varias veces los que se notaban ser acreedores por la conversación que mantenía con ellos. Les daba largas e intentaba cortar inmediatamente.

Cuando me tocó el turno, el dependiente levantó la vista mirando el cochecito y pidiéndome un momento de espera, se introdujo en un cuarto para hablar con alguien que seguramente se tratase de un supervisor suyo. Al regresar le dije que quería vender el cochecito y éste me respondió: "Te voy a ser sincero... Este tipo de artículos no los van buscando aquí. Te recomiendo que lo anuncies en internet o en algún periódico de segunda mano. En cualquiera de los casos... ¿por cuánto dinero lo quieres vender?" Tuve una pequeña esperanza y dije el precio que había pensado en un principio, porque para regatear siempre hay tiempo. "A esa cantidad no podemos llegar -dijo- ni de lejos. Y no te voy a decir lo que te podría ofrecer ya que no te quiero ofender. Sí, te voy a recomendar los periódicos de segunda mano que..."

Hace unos años en esta tienda veía tales artículos. ¿Tal vez la crisis haya llegado también a tales negocios que en los últimos tiempos han proliferado mientras otro tipo de tiendas están cerrando? ¿O tal vez ahora son más selectivos? Esto último es lo que realmente pienso.

27 mayo, 2011

Feria de San Isidro

Fotografía del autor


Feria de San Isidro: No voy a hablar aquí de algo tan polémico en nuestros días como Toros sí, Toros no; por mí que cada uno haga lo que le venga en gana. Me centraré más bien en sus espectadores, generalizando una vez más por aquello de no abusar de expresiones superlativas como "muchos de ellos" o "la inmensa mayoría". Sí, me centraré en esa jauría que se forma a la salida de los Toros y perdura durante horas.

Quien me haya leído últimamente sabrá que vivo a dos patadas de la Plaza de Toros de las Ventas (Madrid, Spain), así como desde hace la friolera de unos veintiséis años cuando aún era un mocoso que estaba a punto de descubrir el maravilloso mundo del onanismo. Esto me da derecho a hablar sobre tal tema, el cual me toca muy de fondo sabiendo perfectamente los inconvenientes que causa residir aquí.

No se puede andar por las aceras. Riadas de personas emergen por todos lados y se agolpan en las calles a los pies de los bares, que según una normativa no excesivamente antigua, está completamente prohibido. Utilizan  los cubos de basura como mesas, y para mi sorpresa hoy he observado como los camareros visten a éstos con manteles que sin la menor duda, luego utilizarán en las mesas de verdad sin (claro está) haberlos lavado previamente. Me irrita enormemente el comprobar que no hacen el mínimo esfuerzo  por dejarte pasar y tienes que abrirte paso como buenamente puedas, mientras te impregnan  del humo de sus puros, imprescindibles en estos personajes de vodevil en los espectáculos taurinos.

Cuando al fin consigo llegar al portal tras sortear a toda esta masa, subo en el ascensor, giro la llave, e introduciédonme en mi casa, sigo percibiendo el bullicio que tras una dura jornada laboral me desagrada especialmente. Poco tiempo después la gente se anima (la ingesta de alcohol empieza surtir sus efectos) y ya se escuchan las primeras palmas y cantos; los aplausos y olés brotan de los vasos vacíos. Y estos mismos serán los que después quieren ser europeos... Joder.

Bueno, no hay mal que por bien no venga. Al menos consiguen crear puestos de trabajo en el sector de la limpieza tras dejar todo hecho una mierda. Y cada vez estoy más convencido, que todo es una buena escusa para el cachondeo. Una vez más, resignación...

20 mayo, 2011

Cuiden sus pertenencias

Fotografía del autor


Me acaba de suceder algo extraño (o no). Un señor trajeado, maletín de piel en mano, se ha dirigido a mí en inglés preguntándome si sé hablar en tal idioma; ante mi negativa me ha dicho lo mismo del español (estando en España ésta debería haber sido su primera opción). Ha comentado algo de la embajada de Suiza, y yo, al escuchar que le habían robado la cartera, rápidamente le he cortado diciendo que sintiéndolo mucho no llevaba nada de dinero, tan sólo el abono transporte con el cual tenía que coger el autobús que de forma salvadora ya llegaba a mi parada.

Es la desconfianza con la que actuamos en estos tiempos. Tal vez fuese un hombre honrado que contaba la verdad, pero en unos segundos até cabos y pensé que bien podría tratarse no de un pícaro intentando sacarme unas pocas monedas, sino de un estafador de altos vuelos con una estrategia y guión bien predefinidos. Si a mí me robasen, no acudiría a la caridad sino a la justicia. ¿Qué hacer mientras tanto?, joderme. Pero soy consciente que no todo el mundo actúa así, y por lo tanto poco podría demostrar su culpabilidad.

Con gente así te surge la duda ya que normalmente se nota a la legua sus intenciones. Fíjense el típico "yonki" que viene diciendo lo mismo, o que ha perdido la cartera mientras adviertes su tembleque en manos y voz. No tiene la mínima credibilidad, y el que le suelta algo es por pena o miedo.

Y si el hombre trajeado se hubiese tratado de un timador consiguiendo algo de mí, bien merecido lo tendría pues sería más timador que él. Cuando en los medios de comunicación advierten que "hay una ola de timadores actuando últimamente en tal o cual provincia, ciudad o barrio", no señores míos, no digan nada y que se jodan estos insectos atrapados en las redes de esas arañas que sacan el lado más oscuro de estos personajes despreciables. Porque las arañas, como con el timo de la estampita, se hacen las tontas, y los insectos en cambio lo son.

Por mi parte prefiero seguir siendo desconfiado que más vale prevenir que curar. No olvidemos que somos la cuna de los pícaros le pese a quien le pese, y que la evolución de éstos ha llegado a unos límites poco agradable para nosotros y nuestros bolsillos. Suerte a todos ahí afuera y cuiden sus pertenencias.

13 mayo, 2011

Por un voto

Fotografía del autor


Llegan los primeros carteles de propaganda por las elecciones municipales y autonómicas. Realmente me pregunto si éstos sirven para algo; si éstos pueden hacer cambiar la decisión de voto de los ciudadanos. ¿Sería justo que así sucediese gracias a un buen marketing? Y posible y tristemente sea así.

No tardará mucho para que veamos esta propaganda televisada y radiada, en la cual advertiremos las palabras deshonestas que se intercambiarán entre unos y otros bandos. Yo no quiero escuchar cómo se ponen verdes rozando la ilegalidad; no quiero ver montajes a lo Steven Spielverg en los cuales sacan de forma espectacular los trapos sucios del otro, porque me desagradan los malos olores. Lo que sí deseo es que muestren las propuestas propias, las reales, las que están dispuestas a cumplir y no aquellas que quieren hacernos creer para más tarde perderse en el olvido.

Éstos nuestros políticos, guardarán en el cajón sus corbatas y se desabrocharán un botón de más las camisas por las cuales asomará un pelillo que otro para acercarse al pueblo llano, en esos mítines que ya sabes desde un principio sobre qué van a versar.

Nuestros buzones rebosan de cartas de propaganda electoral, que al menos en mi caso van a parar directamente al cubo de la basura sin ni siquiera ser abiertas para dar una oportunidad a sus contenidos. Cuánto papel inútilmente gastado...

Sacarán a pasear sus coches con las banderas de los partidos, los megáfonos bien altos y pitando por toda la calle anticipándose a una victoria que ya desde un principio, hacen suya y no de nosotros (empezamos mal), aunque intenten hacernos creer lo segundo. Mientras tanto,  nos dicen que no utilicemos nuestros vehículos para ahorrar ese combustible ahora por las nubes.

¿Piensan en las cosas interesantes que podrían hacerse con el presupuesto invertido por cada uno de los partidos políticos para intentar convencernos de que son los mejores, o mejor dicho, que los demás son los peores? Prefiero no descubrir a cuánto asciende el dinero que se han gastado por aquello de mantener mi corazón a salvo.

Pero no nos engañemos, por mucho que yo opine así, ellos seguirán visitando hospitales y residencias de ancianos para tratar de apoderarse de un valioso puñado de votos. Qué buenos son todos...

06 mayo, 2011

Circulen por su derecha

Fotografía del autor


¿Por qué en las aceras la gente no puede ir por su derecha? Si se hiciese así se evitaría el ir sorteándola. El otro día había una señora de cierta edad quejándose en voz alta, como si alguien se hubiese chocado con ella: "¡Y encima me dice que por qué no voy por mi derecha! ¡Yo voy por donde me da la gana!". Enseguida pensé algo así como: "Se lo tiene merecido, señora". O como en otra ocasión que una mujer respondió cuando otra la increpó: "Yo es que soy inglesa", y se reía.

A veces por cabezonería, otras por ver la reacción del que ya considero mi contrincante, me mantengo por mi lado correcto (es decir el derecho), comprobando que el que tiene que desviarse de su trayectoria en última instancia soy yo. Y cuando dejan un mínimo pasillo por el cual puedo circular, también soy el que encima tiene que girar el hombro para evitar la posible luxación de éste. Tan sólo consigo salirme con la mía cuando haciéndome el sueco miro hacia otro lado o al suelo, lo que significa que en la mayoría de los casos actúan de mala fe.

Puedo entenderlo cuando se trata de gente muy mayor que, como los toros heridos o cansados van buscando la barrera. O si lloviendo, caminan refugiándose debajo de las cornisas al carecer de paraguas. Pero cuando yo tampoco lo llevo, ¿por qué he de ser el que me moje? Y si para mayor inri él si lo blande como tratándose de lanza, dan ganas de armarse también y batirse en duelo con tan duro rival, aun siendo un gigante o el mismísimo Señor de los Espejos.

No se apartan ni cuando vas con el cochecito de un bebé. Antes de tener hijos creía que la gente era más respetuosa; ahora sin embargo, tengo más que comprobado que no es así y si tienen que pasar por encima de tu hijo, lo harán sin el menor pudor. Y no hablemos cuando encima tienes que cruzar un semáforo...

Luego te encuentras a los que yendo en tu mismo sentido de la marcha, van zigzagueando. Si los quieres adelantar te resulta complicado porque son imprevisibles. Vas hacia la izquierda y ellos también lo hacen; vas hacia la derecha y exactamente igual, como si tuvieran un radar o un espejo retrovisor y disfrutasen no dejándote pasar.

También están los que van en grupo, uno al lado del otro ocupando todo el ancho de la acera. Claro está que no hacen el menor amago por dejarme un mínimo hueco para pasar e incluso, en ocasiones, me echan hacia la carretera sin ninguna consideración.

Sí, ciertamente hoy en día la mayoría de la gente va a lo suyo, y a los demás que les zurzan. Si usted es uno de esos que van por toda la izquierda, párese a pensar y rectifique su trayectoria; quedará agradecido si es lo que busca. Hagamos que todo sea más sencillo en estas pequeñas cosas, que al menos, sí está en nuestras manos.

29 abril, 2011

Parque de la Quinta de la Fuente del Berro

Fotografía del autor


Ubiquémonos: Madrid, parque de La Quinta de la Fuente del Berro, muy cerca de la Monumental Plaza de Toros de las Ventas. La M-30, ahora llamada Calle 30 por alguna circunstancia que desconozco (aunque sigue siendo igual de ruidosa), está pegada a este parque escenario de numerosas películas legendarias (unas más que otras) del cine español.

Tras unas obras concluidas hace muchos meses, retiraron unas pantallas que disipaban el sonido infernal de los vehículos. Nunca las volvieron a levantar y hoy por hoy no me explico el motivo. Estas pantallas no
representaban ningún peligro para los conductores, motoristas ni viandantes; tan solo cumplían su función, ahogar el rumor (sustituyámoslo por ruido) de los cientos, miles de coches, que transitan día y noche por la M-30 ahora denominada Calle 30.

Es habitual que baje a este parque y como todos los que así lo hacemos, es para desinhibirnos de la ciudad atronadora durante un breve lapso de tiempo. Nuestro propósito es únicamente escuchar el piar de los pájaros y si se tercia, las voces infantiles de los niños que se columpian alegremente sin más complicaciones. Pero ahora este objetivo no lo podemos llevar a cabo al irrumpir el ronroneo de los motores en nuestros castigados oídos.

Si al pasear por el parque nos fijamos en los edificios colindantes, podremos percibir el doble acristalamiento de éstos, ahora más necesarios que nunca para sus sufridos habitantes. Posiblemente la falta de presupuesto municipal haya llevado a la decisión de no volver a colocar estas pantallas aunque sigamos pagando nuestros impuestos de la misma forma, pero si cabe más engordados. ¿A dónde narices va a parar entonces este dinero? Las baldosas de las calles parece que seguirán levantadas hasta el final de los tiempos, los papeles, botes y colillas sin retirar, y mientras tanto los escupitajos entre los políticos pasan cerca de nosotros llegando a impactar en nuestros rostros. Robo o mala gestión, eso me trae sin cuidado.

Sin embargo sí hay dinero para talar unos cuantos árboles y crear caminos inútiles que nadie utiliza (ya que sería como escalar el Everest), en éste nuestro parque de La Quinta de la Fuente del Berro. O el construir un puente que comunica con La Elipa, a escasos metros de otro que lleva levantado hace muchos años y
curiosamente sirve para lo mismo: el pasar de un lado a otro dejando debajo a los coches que circulan por la M-30, hoy nombrada como Calle 30.

Las ciudades son más ruidosas según se encumbra el progreso, y es un lastre que no nos queda más remedio que llevar encima aunque intentemos sacudírnoslo como si tuviésemos pulgas. La pena es que habiendo unos métodos para esta insonorización acústica, no sea empleado cuando antes sí se hizo. Paciencia...

01 abril, 2011

¡Que comience la función!

Fotografía del autor


Soy un entusiasta del teatro. Su magia me encandila desde el preámbulo donde escuchas charlar a los espectadores (llegando a los oídos en forma de un rumor que apacigua el alma), hasta que se apagan las luces de la sala y da comienzo la función. Intento prestar especial atención a este inicio, para después no divagar sobre cuestiones obvias.

La intimidad de los pequeños teatros; el gran espectáculo de los grandes; vista la obra desde la platea, gallinero o a pies del escenario: da igual, lo disfrutaré de la misma manera. Me transportaré a otras épocas y, o, situaciones. Por un momento revivirá su autor si ya está muerto. Luego el cartón piedra transmutará a materiales más reales y yo, aquí cómodamente sentado, curiosearé la intimidad de todos estos personajes con mis ojos indiscretos.

Especialmente enamorado del esperpento de Valle y del teatro del absurdo en el que desfilan figuras irrepetibles como Ionesco, Alfred Jarry, Samuel Beckett y en un ámbito algo más actual y cercano, el polémico pero genial Arrabal.


Pero silencio, estén atentos que ya se sube el telón. Miren la entrada en escena del actor principal. Comienza a hablar, qué voz más profunda. Sí, aparece como un espectro entre la oscuridad, alumbrado por ese foco que le persigue por todo el escenario hasta que éste también termina por iluminarse mostrando ante nosotros el decorado, suntuoso o sencillo, agradecido en colores o cargado de grises, con formas estilizadas u oníricamente irregulares. Ahora entra un secundario, declama maravillosamente, gesticula con su rostro duro y expresivo hasta ponerse a la altura del actor principal. Pero ¿quién es este desconocido que muestra unas tablas que debería tener dentro de veinte años? ¿Se dan cuenta que es realmente bueno? Por desgracia desaparece pronto y seguramente no coincidirá el que vuelva a verlo encima de un escenario. Como la vida misma no todos podemos ser protagonistas de un suceso. No dejamos de representar nuestra historia que a su vez se hace propia de los que nos rodean.

Ahora se oye la voz en off de un narrador como si se tratase de teatro radiofónico. Por un momento me despista y miro de un lado a otro a ver si aparece alguien por una esquina. Es un arte lleno de posibilidades. Volviendo a Valle como ejemplo, en sus obras hay momentos tremendamente complicados de llevar a escena, con unas barreras que parecen imposible de cruzar; sin embargo, gracias a otra mente creativa se consigue representar sin desvirtuar la idea del autor; todos, hasta el último tienen su función para que todo esto engrane como el mecanismo de un reloj. TELÓN.

25 marzo, 2011

Llegó la primavera

Fotografía del autor


Ya está aquí la primavera. Es una estación ideal para todos aquellos que no tienen alergia al polen y a las gramíneas; es una avanzadilla del verano y no tienes que soportar las temperaturas extremas de éste. Creo que soy alérgico desde los catorce años cuando empecé con los estornudos, el lagrimeo y los picores constantes. Según pasaron los años fueron apareciendo nuevos síntomas: fuertes dolores de cabeza (tensionales o provocados por una sinusitis muy molesta), decaimiento del ánimo, dolores en las articulaciones acompañados de estados febriles como si tuviera la gripe, diarrea, sequedad y erupciones en la piel, asma... y cuando cuento algunos de estos síntomas, mucha gente no me cree. Pero es completamente cierto y ya hace muchos años decidí vacunarme ante tal mal cuerpo primaveral.

Comencé vacunándome todos los días de lunes a viernes: después se espaciaron las inyecciones aunque no recuerdo muy bien la pauta (ya ha pasado mucho tiempo), y así acudí de forma regular y religiosa a mi Centro de Salud durante dos largos años que finalmente no sirvieron de nada. Mis agujereadas nalgas pasaron por muchas manos: había enfermeras mayores, con experiencia, y otras jóvenes con los estudios recién acabados que en algunos casos te hacían ver las estrellas con los pinchazos que te propinaban con sus manos temblorosas. Normalmente debía esperar bastante hasta ser atendido pues este tipo de consultas iban sin cita. Pero no era en vano ya que gracias estas largas esperas, pude devorar una gran cantidad de libros. Me quedaba tranquilamente sentado en aquella sala, y me aislaba en el silencio gracias a esas fotos de antes donde aparecían esas enfermeras con el dedo cruzado en sus labios provocadores, mientras las palabras pasaban ante mis ojos enrojecidos.

Hoy en día sigo siendo alérgico y como decía he ido a peor. Cada vez somos más, especialmente en las ciudades, debido a las reacciones provococadas por la contaminación. Y no sé a quién se le ocurrió la brillante idea de plantar árboles no autóctonos para prolongar nuestros estornudos en pleno invierno, época no muy sugerente para estas afecciones.

Al pasar por esas calles llenas de chopos, tienes que contener la respiración para que no se te cuele en tus narices ese polen que se amontona en las aceras y que parecen verdaderas nevadas caídas de los árboles y a pleno sol. Flota por el ambiente, se posa en el suelo y vuelve a remontar cuando pasa por su lado el camión de la mudanza o se levanta un poco el aire. Pero acaba de entrar la primavera y esto no deja de ser un presagio, una incipiente pesadilla de lo que ocurrirá dentro de unos pocos meses, cuando rogaremos a los cielos que se cubran de nubes y descarguen su agua concediéndonos una pequeña tregua. Pero qué le vamos a hacer señores, los fabricantes de pañuelos de papel también tienen derecho a comer aunque sea a costa de nuestros sensibilizados orificios nasales. Al menos no nací abeja; figúrense una abeja alérgica al polen...

18 marzo, 2011

Imagínense...

Fotografía del autor


El terremoto ocurrido hace pocos días en Japón con tsunami incluido, han sido devastadores. La fusión del núcleo de varias centrales nucleares amenaza con una tragedia parecida a la de Chernóbil. Pueblos y ciudades completamente arrasados presentan ahora imágenes de guerra, ya comparados en fotografías con la bomba atómica caída en Hiroshima y Nagasaki, por algunos periódicos que no sé qué buscan realmente, ¿sensacionalismo?, ¿ardores en nuestros estómagos? Como si estas imágenes terribles no hablasen por sí mismas. No hay cifras oficiales certeras de todas las víctimas, pero con tantos desaparecidos se teme lo peor aunque las estadísticas de sucesos similares, nos dicen que éstas no indican grandes magnitudes.

Pero no voy a hablar aquí de esta desgracia. Sólo quiero que se imaginen que esto nos sucediese a nosotros. Imagínense que de buenas a primeras, sin previo aviso, la tierra comienza a crujir bajo nuestros pies vomitando acto seguido una gran ola, interminable, que primero nos engulle para después estamparnos contra el supermercado del cual nos suministrábamos para subsistir o contra la tierra que antes nos acogía para ahora tragarnos prematuramente. Imagínense el caos de un lugar sembrado de los amasijos de unos edificios que antes fueron la envidia de muchos arquitectos, turistas y nativos. Caminar entre cadáveres, por encima de cadáveres que mordieron el lodo en un último hálito, que ahora cubre todo: las virtudes y miserias de todos nosotros.

No pretendo una lágrima fácil del que lea este artículo, pero allí, tan lejos, estas lágrimas que se multiplican y caen en una tierra que fue próspera, no buscan culpables como sí se hacen por algunos traspasando sus fronteras. No es más que una mala jugarreta de la naturaleza, una ironía a la usanza del antiguo teatro griego en el cual no quedaba ni el apuntador.

Imagínense el miedo que denotan los ojos de los supervivientes, que miran desde lo lejos cómo surca el cielo nipón ese humo que asciende desde las centrales nucleares. Imagínense que son nuestros ojos los que ven todo aquello, los que apuntan hacia un futuro incierto si se van a hacer puñetas estas centrales, cumpliendo los pronósticos de los especialistas en Protección Radiológica. Hoy en día en Chernóbil, aún es una temeridad vivir en el radio donde todo empezó. Si ocurriese tal augurio, ¿cuántos años habrán de pasar en Japón para poder olvidar?

Imagínense que como ellos tuviéramos que invertir verdaderas fortunas para reconstruir ciudades enteras. ¿Cómo quedaría nuestra ya maltrecha economía? ¿Cómo saldríamos de ese agujero sin fondo? Sí, tal vez sea mucho imaginar; el riesgo que podamos tener aquí puede ser mínimo, pero está visto que no dejamos de ser unas simples marionetas cuyos hilos son manejados al antojo de una naturaleza que en ocasiones se muestra perversa.

11 marzo, 2011

Hoy toca peluquería


Fotografías de Enrique Darriba


Hoy he ido a la peluquería, a la de siempre, a ésa en donde ya hay cierta confianza y si dices que quieres el pelo corto te hacen caso y no tienes la necesidad de volver al poco tiempo y soltar otros trece euros.

Ha sido llegar y besar el santo. Normalmente, tengo delante de mí a unas cuantas personas que alargan la mano rauda y veloz para arrebatarme el periódico o revista más interesantes. Pero sí, ha sido llegar y acomodarme en el sillón para observar mi imagen durante unos minutos en el espejo que hay justo enfrente. Han empezado a rodar desde mis hombros los cabellos muy encanecidos; aún me considero joven, pero desde hace bastantes años que éstos han mudado su color para prestarme un aspecto de, posiblemente, falsa seriedad.

Esta es una peluquería de barrio, como las de antes, donde la gente habla de fútbol y de la mala gestión de un gobierno que no piensa en sus ciudadanos: que si la vida está imposible y el bolsillo no alcanza a final de mes, que si la vivienda está carísima aunque digan que pretenden incentivar el alquiler al cual tampoco se puede acceder, que si la crisis ya es insostenible y aquí va a ocurrir algo muy gordo... Son los comentarios del barrio que ahora se cuelan entre estas cuatro paredes que encierran olor a champú y laca.

La parte anterior de la cabeza y sienes a máquina, al dos, el resto a tijera y todo rematado con navaja, pero sin crear ningún tipo de desnivel; el flequillo que no quede recto, a tijeretazos, sin raya y un poco revuelto; las patillas ni tocarlas. Y aunque ya me estoy cansando un tanto de este "look", son muchos años así para cambiar ahora. Es raro que hable con el peluquero, principalmente, porque no sé qué decirle. Él rompe el hielo, justo tras interrumpir mi corte de pelo por una llamada que le han hecho, contándome después que está harto de que le ofrezcan publicidad por teléfono: "Siempre el beneficio es para nosotros, ellos no ganan nada. Ni que fuesen una O.N.G..."

Me pica la nariz de los pelillos que van cayendo y hago un movimiento con ésta como si fuera un ratón. Con la mirada le suplico que pase por mi cara esa especie de plumero, y cuando por fin lo hace desaparece por unos segundos ese cosquilleo desagradable. Termina el corte y con una pasada de espejo doy el visto bueno. Pago, me despido y salgo a la calle donde noto el aire frío que ahora llega a mi sesera. Ya estoy presentable y una ducha me espera para quitar todos los pelos que hay por todas las partes, especialmente por dentro de los oídos que quedan pegados a mi dedo cuando lo paso de forma nerviosa una y otra vez.

04 marzo, 2011

Viva el rollo

Fotografía del autor


Años setenta; una nueva mentalidad comienza a surgir en España. La sociedad que busca una libertad aletargada durante tantas décadas, quiere despertar a un mundo nuevo más ilusionante, donde se puedan tomar decisiones por uno mismo, y esto, se ve claramente reflejado en la música de aquella época: "Barón Rojo", "Ñu", "Obús", "Bloque", "Topo", "Leño", "Asfalto"..., melenudos desmelenados que pasaron por el sello discográfico "Chapa" fundado por Vicente Romero. Sin saber cómo, de buenas a primeras, salen estos primeros heaves con su música maravillosamente atronadora, imposible de concebir tan solo unos cuantos años atrás, rompiendo con todos los esquemas musicales, letristas y de imagen. Las guitarras eléctricas dejan escapar tañidos enloquecidos, la batería retumba salvajemente y voces desgarradas claman por el albedrío de expresión. Hay tanta represión que una libertad mal entendida lleva a un primer contacto con las drogas entre muchos jóvenes que ya más tarde, en los ochenta, irán cayendo de forma feroz uno tras otros por sobredosis, por esa nueva enfermedad llamada sida que ya apuntaba en la anterior década, o por un apuñalamiento o disparo en cualquier rincón oscuro y sucio.

Sí, ya llegan los años ochenta; los grupos evolucionan a un tipo de música completamente distinto, pero conservan ese espíritu revolucionario. Son años de transición y nace la música punk: "Eskorbuto", "Los Nikis", "Siniestro Total", "Zombies" entre un larguísimo etcétera, coexistiendo con el rock como el que hicieron "Loquillo y los Trogloditas" y "Los Ronaldos", o el pop de "Gabinete Caligari", "Duncan Dhu" y "Nacha Pop". Es la época de la "Móvida" y ahora la nostalgia me aplasta, especialmente cuando enciendo la radio y escucho a la gente nueva que circula con su música anodina y falto de ingenio. Y no dudemos que debe haber material interesante, pero curiosamente lo que vende es lo más alejado del arte, siendo así tal vez, porque nuestra sociedad también ha cambiado reblandeciéndose como un trozo de pan metido en agua. Porque es una sociedad que busca el "feeling" en los cantantes, que busca el bonito color de sus ojos, la estilizada figura de éstos o éstas, el amor imposible y roto de sus letras mal rimadas y construidas.

Puede ser que los años no perdonen y esté fuera de la onda que corre hoy, pero por mucho que intento sintonizarla las interferencias me destrozan los oídos. Yo, sinceramente, me quedo con letras como ésta que bien podría ser un poema, que es un poema de 1985 titulado "Te Visitará la Muerte", de "Obús":


EL VIENTO CON FUERZA GEMÍA Y LLORABA
ARRASTRABA SU FIGURA
LLAMÓ A MI PUERTA VESTIDA DE NEGRO EN
UNA NOCHE SIN LUNA

ERA LA MUERTE,
ELLA ME VISITÓ
Y SIN PALABRAS,
ME CONDENÓ

TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
LA MUERTE

COMIÓ EN MI MESA,DURMIÓ EN MI CAMA
SE ADUEÑÓ DE MI ALMA
FRÍA COMO EL HIELO MIS LABIOS BESÓ,
SU ASTUCIA ME ENGAÑÓ

ERA LA MUERTE,
ELLA ME VISITÓ
Y SIN PALABRAS,
ME CONDENÓ

TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE

TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA...MUERTE

MI CUERPO TEMBLABA, MI FRENTE SUDABA,
COMO SI ME TORTURARAN
UN GRITO EN LA NOCHE, LA LUZ SE ENCENDIÓ
LA PESADILLA TERMINÓ

TODO FUE UN SUEÑO DE CIENCIA-FICCIÓN
Y POR SI ACASO VIVO COMO DIOS

TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE
TE VISITARÁ LA MUERTE


25 febrero, 2011

Oídos tapados

Fotografía del autor


Hoy viernes, a primera hora de la mañana, me ha despertado la máquina taladradora de uno de los obreros que están desde hace varias semanas en el edificio colindante al mío. Es un ruido insoportable que retumba por todas las paredes y no tardarán mucho en dar golpetazos a diestro y siniestro. Como parece imposible volver a conciliar el preciado sueño, decido levantarme, eso sí, a regañadientes y con un incipiente dolor de cabeza que si no consigo neutralizar, se terminará apoderando definitivamente de mí. Me tomo un ibuprofeno y un café con leche bien cargado con poco azúcar; a estas horas no me apetece nada sólido por lo cual tengo que escuchar las quejas de mi familia.


Enciendo el ordenador para ver si me han enviado algún correo electrónico de relevancia, pero no es así y me pongo a escribir un poco. Debe haber un atasco debajo de mi casa que se oyen los pitidos insistentes de los coches. Cada uno tiene un tono de claxon distinto creando entre todos una especie de música desagradable. La concentración es nula y abandono inmediatamente el bolígrafo encima de la mesa. Visto a mi hijo, lo dejo en la silla y nos vamos dar un paseo con mi mujer. El fragor de los vehículos nos acompaña, los avisadores acústicos de los semáforos son continuos y la estridente sirena del coche de bomberos me recuerda una vez más que el parque no está a muchos metros de mi domicilio.

Ya de vuelta estoy cercado por los televisores a todo volumen de mis vecinos. Como y me marcho a trabajar librándome de la reanudación de los golpes de los obreros que perturban la siesta de los elegidos. Me monto en el autobús y el tío no es feliz si no pita a cada segundo (total soy el más grande de todos, tengo prisa y puedo hacer lo que me plazca o lo que sería más correcto, lo que se me meta en los huevos).

Otra vez en casa, ya de noche, sin olvidar que es viernes, escucho los cantos de unos chavales que han tomado dos copas de más (o tres). Escucho el rodar de unas latas o del cristal de unas litronas en el pavimento impregnado de alcohol. Ahora parece que han hecho un alto en el camino y charlan con unos cuantos decibelios de más, justo debajo de mi terraza, ubicada en un cuarto piso pero que para los efectos auditivos, da lo mismo. Y yo mientras tanto me cago, me cago con todas mis fuerzas en la contaminación acústica. Cuando por fin parece que emprenden nuevamente la marcha y la tranquilidad acude a mis oídos, la vecina de arriba empieza a mover todos sus muebles, una vez más, como si estuviese todas las noches de mudanza o de limpieza general. Y su perro se pone a ladrar poseso de la misma ira que ya se ha adueñado de mí hace varias horas. Y el camión de la basura aparece en escena raudo y veloz despertando a todo el vecindario... Entonces me levanto violentamente de la cama, abro la ventana sacando medio cuerpo fuera... y no, no me pongo a gritar porque un solo ruido más acabaría de forma irreversible con mi juicio que es lo más preciado que poseemos junto a la tranquilidad.

11 febrero, 2011

No olvide depositar su basura en la contenedor, gracias

Fotografía del autor


Acacias, almendros, olmos, pinos, robles... Pequeños y grandes lagos artificiales. Todo rebosa de verde y azul turquesa y, por desgracia, de todo tipo de basura: botes de bebidas, litronas hechas añicos, bolsas de plástico, colillas, preservativos anudados... o sin anudar. El húmedo césped que podría ser mullido, se encuentra aplastado y con calvas a consecuencia de ser pisoteado y usado por los enamorados como lecho de una suite nupcial. Cuando éstos terminan, no se marchan sin dejar grabados sus nombres con un corazoncito en un tronco, actitud hortera que daña la presencia del árbol.

Así están nuestros castigados parques y así continuarán por mucho servicio de limpieza que haya, mientras los seres humanos sigan imitando a la especie porcina. Con algunos gobiernos municipales, nuestros pequeños pulmones estarán más limpios que con otros, pero al fin y al cabo los que debemos cambiar somos nosotros.

Esto se extrapola a las zonas rurales. Muchos montes, playas, etc., son auténticos vertederos. No advertimos que la ciudad cada vez se extiende más y nos obcecamos en no preservar estos últimos reductos naturales. Según las estadísticas países como Finlandia y Noruega encabezan la lista de los más limpios. La pregunta es sencilla: ¿cuándo aprenderemos de ellos? ¿Es que acaso no estamos rodeados de papeleras por todos lados? ¿Qué esfuerzo nos supone el dar dos pasos más y elevar un poquito el brazo? Si generaciones anteriores hubiesen hecho esto, nuestro mundo sería hoy algo distinto. Pensemos por lo tanto en nuestros hijos y ofrezcámosles un espacio menos contaminado del que puedan disfrutar, como en muchas ocasiones se ha dicho pero tan pocas se ha realizado. Ahora curiosamente, pensamos en que la ciencia nos permita colonizar otros planetas en un futuro,  ya que el nuestro a este paso tiene los días contados; pero de nada valdrá si no mutamos nuestra conducta pues también nos cargaremos ése, el siguiente, y todos los que nos apropiemos como nueva morada, sembrando el universo de mierda que nos devolverá en la cara con un nuevo "Big Bang". Nos exterminará como se hace con una plaga de insectos y animalillos molestos y transmisores de infecciones.

No tengo ideologías ecológicas extremas, únicamente persigo ríos cristalinos, montes verdes, pedregosos o como la naturaleza haya dictaminado que sean, donde si vive una población de lobos así lo sigan haciendo; persigo humedales donde no esté comprometida su flora y fauna, y unos parques de los que podamos disfrutar en las ciudades, sin el riesgo de pincharnos con la jeringuilla abandonada de un heroinómano. No es mucho pedir, ¿verdad?

03 febrero, 2011

En los brazos de Morfeo



Fotografía del autor


Generalicemos: los turnos de noche son cómodos. Normalmente son relajados en cualquier empresa aunque habría que diferenciar sectores. Es algo innato en nosotros el que llegue la noche y baje nuestra actividad mental y física; nos envuelve la oscuridad y con ella una modorra extrema no nos permite dar más de sí. Aun siendo así, estos turnos están mal remunerados, pues se hacen eternos y desbarajustan el ritmo normal y conveniente de la vida. Yo que he estado varios años trabajando de noche, pongo la mano en el fuego de que esto es así.

El aburrimiento es una constante y el mirar el reloj a cada segundo es inevitable. Y cuando en una empresa haces más horas que en otra, cuando comienzas a trabajar por la tarde todavía con los últimos rayos de sol apuntando en el horizonte y sales por la mañana al alba, entonces, te consideras la persona más desdichada bajo la faz del mundo laboral.

Llegas a tu casa conduciendo el coche como un autómata y no sabes si desayunar o comer algo salado a modo de cena mañanera. Al no decidirte optas por irte a dormir pues es lo que más apetece. Tras estar esperando este momento como agua de mayo, te desvelas increíblemente y al quedarte dormido por fin, se apodera de ti un sueño morboso, antinatural, como una larguísima pesadilla en la que recreas todas las horas pasadas. Te despiertas a ratos y cuando más a gusto estás, cuando la tranquilidad te desborda por los cuatro costados, tienes que levantarte. Cenas (o desayunas) desganado y tienes que volver al trabajo perdiéndote todos los placeres de la vida.

En pocas semanas comienzas a adelgazar de forma preocupante y tu rostro demacrado y ojeroso, puede crear una falsa impresión a los demás. "¡No me drogo!", dan ganas de decir a los cuatro vientos. "¡Tan sólo estoy hasta las narices de ser un murciélago, un búho que pasa la noche ululando sus desdichas sin ser escuchado porque a esas horas todo el mundo duerme!"

Ciertamente deseas volver a convertirte en un ser humano normal. Los días que libras estás desconcertado: intentas establecer el orden durmiendo por la noche y comiendo a las horas debidas sin conseguirlo; la claridad del día estorba a los ojos de forma extraordinaria vagando por la calle como un "zombie". Y en un momento dado te hartas y dejas el trabajo, jurándote a ti mismo no volver jamás al turno de noche.

27 enero, 2011

Encarcelados en la calle

Fotografía del autor


Una mirada triste, llena de indiferencia, se ha cruzado con la mía. Ese hombre rebusca entre los cubos de la basura sin ningún tipo de escrúpulo. Mira de soslayo con cierta desconfianza y le correspondo de la misma forma.

Las colas que hay en los albergues rebosan de personas que llevan esperando toda la tarde. Muchas quedarán fuera y la esperanza de dormir caliente y llevarse una cucharada de sopa a la boca esa noche, está en la mente de todos. Y a la mía llegan recuerdos de cuando presté el Servicio Militar en la Cruz Roja: había un albergue vecino y llegaban en oleadas, de forma constante, mendigos que solicitaban medicamentos, cualquier tipo de pastillas que les ayudase a soportar los horrores de la calle. Pero evidentemente no dábamos nuestro brazo a torcer por lo cual éramos increpados con los más surtidos insultos. En más de una ocasión teníamos que acudir al albergue con la ambulancia, para llevarnos al hospital a alguna de aquellas personas por abuso de drogas, por ausencia de éstas, o por enfermedades comunes que a ellos se los llevan para el otro barrio. Y créanme que es duro, muy duro, ver salir una lágrima por uno de estos ojos llenos de tristeza, mientras tumbados en la camilla, declinan la cabeza en un acto de resignación.

Ya se ha echado encima la noche y hace frío, mucho frío... Gente desamparada, sin un techo, sin más abrigo que unos cartones, duerme tirada por las calles húmedas y peligrosas. Los más privilegiados han conseguido colarse en el cajero de algún banco, aunque tal vez su sueño sea truncado por alguien para hacerlos retornar al exterior gélido.

Probablemente algunos no resistan a esta noche. Morirán de forma anónima sin ni siquiera ser mencionados en los medios de comunicación. Estos sucesos ocurren todos los días y no le interesa a nadie. Luchan por sobrevivir y hoy tal vez lo consigan, pero, ¿quién sabe si mañana será así? ¿Quién tiene la certeza que dentro de dos días no amanecerán en la cámara frigorífica de un hospital o de un tanatorio? Sin un nombre, sin una familia en muchos casos para poder comunicar el triste deceso. Tan sólo una etiqueta colgada de un tobillo como si se tratase del precio que le ponen a un maniquí...

20 enero, 2011

Un día de compras


Fotografía del autor


Han llegado las rebajas. Las colas se acumulan en las entradas de los grandes almacenes aún cerrados. Se abren las puertas y una estampida de gente entra, seguramente, con una estratagema urdida de tanto tiempo esperando en la calle. "¡Aquella, aquella estantería es la mía! ¡Tengo que llegar el primero! Ya está a mi alcance aquella prenda delicada. Qué suave parece; qué colores más bonitos". Y cuando las manos casi la acarician, se adelantan otras arrebatándola para siempre. Comienzan las discusiones, se empecinan las dos personas y se sumergen en un ritual de insultos.

La gente compra compulsivamente llegadas las rebajas. Lo que debería ser para ahorrarse un dinero, se convierte para algunos en gastarse gran parte del sueldo. Y no nos engañemos, la ropa suele ser por lo general de peor calidad y mal gusto, que es lo que venimos llamando unos trapos. Y cuando encontramos un artículo que vale la pena y con un buen descuento, no puedo menos que pensar que, o nos engañaban antes o bien lo hacen ahora. Son comerciantes y si ponen algo a un precio es porque van a tener ganancias. No caigamos en el error de que hemos encontrado una ganga y por lo tanto está regalado; nadie regala nada ni da duros a pesetas. Nos intentan convencer que todo es de temporada cuando realmente lo desempolvan de los almacenes en la mayoría de los casos; por lo que, por poco que saquen, ya es mejor que si lo hubiesen tenido allí como alimento para las polillas.

Los letreros anunciando las rebajas en todos los idiomas posibles, ocupan los escaparates de las tiendas, pero el otro día había una niebla espesa y no podía ver las susodichas rebajas por ningún sitio. Me adentré por lo tanto en un local en busca de los artículos de los que hacían hasta un 70% de descuento; y sí, los encontré, pero ni regalado me pondría nada de aquello.

En definitiva, señores, prefiero pagar un poquito más y comprar menos cantidad, e ir a gusto por la calle. Si encuentro algo que me convenza, perfecto, si no, esperaré sin mayor problema que nunca fui de estar todo el día metido en tiendas. Y me evitaré apretones, empujones y largas colas para terminar por ver la cara de espanto de la pobre cajera desbordada, desquiciada y seguramente mal pagada.

09 enero, 2011

Goodbye!

Fotografía del autor


Ya no se puede fumar en ningún espacio cerrado. ¿Quién devolverá a los restaurantes y bares el dinero invertido en mamparas para dividir espacios entre fumadores y no fumadores? ¿Qué será ahora de estos negocios donde la gente únicamente pretendía pasar un momento de ocio?

En las cercanías a centros sanitarios, tampoco está permitido y a sus empleados les tiemblan las manos pasadas unas horas (hoy no me fiaría de ser intervenido por un cirujano fumador). Y si nos quejábamos del trato recibido en la Seguridad Social, a partir de ahora no me lo quiero ni imaginar; este trato se extenderá seguramente a los hospitales privados y por lo tanto dará comienzo la lluvia de despidos. No es necesario ser muy observador para darse cuenta que la gente está más irascible desde el 2 de enero. Tal vez, cuando pase el tiempo, todo este mal humor torne a sus cauces gracias a la costumbre. Tal vez las consecuencias no sean tan catastróficas, pero ya me ha comentado una compañera de trabajo que han despedido a dos personas de un bar porque el dueño sabía que el volumen de clientes iba a ser menor. Tal vez en el futuro todos seamos más felices, pero ahora echamos humo y no precisamente por la boca.

Todos somos conscientes que fumar es muy perjudicial para la salud. ¿Pero no es probablemente más perjudicial el humo de los coches y de las fábricas que pueblan nuestras ciudades y del cual no podemos escapar? ¿Por qué no toman medidas a este respecto? ¿Por qué no introducen coches eléctricos o que funcionen con gas? Es evidente que las decisiones se toman por los intereses creados; pero ésta no se debería haber tomado nunca en estos días de paro. No pueden poner en peligro los puestos de trabajo de tantas personas, no en estos días de tal inestabilidad económica. Y muchos pensarán que soy un exagerado, otros, que un conspiranoico, y espero que lleven razón, pero tiempo al tiempo porque jamás he visto los bares tan desolados y nuestras aceras tan llenas de colillas.

Ante todo lo que ha de imperar es el respeto a los demás: no creo que esté prohibido fumar en una parada de autobuses, pero los fumadores se deben concienciar que si lo hacen molestarán a las personas que tienen a su alrededor. Otro ejemplo: si fumas en una playa no entierres la colilla en la arena porque cuando yo me tumbe allí, quiero ese lugar inmaculado. Si muchas cosas salieran de nosotros mismos, posiblemente no nos prohibirían tanto.

02 enero, 2011

El vendedor ambulante de libros

Fotografía del autor



Hace pocos días entró en mi casa un vendedor ambulante de libros, trajeado y con un pelo engominado que en los años 90 hubiese sido moderno. Serían las doce cuando me lo encontré allí hablando con mi familia. La cosa empezó con buen pie: tras las presentaciones oportunas, volví a bajar a la calle para hacer unas fotocopias de un relato que quería presentar a un concurso. Podría haberlas hecho otro día como tenía pensado, pero me sirvió de excusa para escurrir el bulto; reconozco que nunca he tenido ganas de que alguien intente convencerme de algo cuando soy capaz de elegir por voluntad propia. Llegué de hacer las fotocopias esperanzado de no encontrarme al vendedor de libros en mi casa, pero allí seguía habla que te habla. Y en ese justo instante se torció todo: me pilló por banda y me soltó el mismo rollo que seguramente le había soltado a mi familia (a los cinco segundos ya estaba solo con él). Que si eran unas enciclopedias maravillosas en papel cuché, que si estaban valoradas en casi 5000 euros y me dejaba dos de ellas en menos de 2000... Las palabras entraban por un oído y por desgracia no salían por el otro, quedaban apresadas entre mis sesos estallando entre éstos momentos después. Aquel tío había conseguido levantarme dolor de cabeza. Yo le decía que no era posible, algo así como que la crisis también había entrado en mi hogar, y él que los casi 40 euros mensuales que costaba aquella maravillosa y premiada enciclopedia, no conducían a nada: "Fíjate, ahora he tenido que pagar por estacionar el coche", decía. "Esta obra te sale por lo que vale un café al día. ¿Me quieres decir por lo tanto, que no tienes para un café? Pues mira, no me lo creo. Si tú me dices que voy ha hacer un estrago en tu economía, yo me levanto ahora mismo de esta silla y me voy de tu casa. Pero no, no lo voy ha hacer porque sé que tienes ese euro para un café". "Pero Dios mío", pensaba yo "si eso es lo que quiero, que te marches de una santa vez y me dejes tranquilo". "A ver", decía él mientras cogía un impreso "¿Qué enciclopedias quieres? Bueno, da lo mismo... La de las profundidades marinas y la de historia que están muy bien. Tu nombre y apellidos son... tu D.N.I. es... el domicilio es... tu número de cuenta es...". Y en ese momento apareció mi mujer como por arte de magia, mi salvadora, y pude respirar profundamente. "Que no", intervino ella; "que ya le hemos dicho que no vamos a comprar nada". Aquello me sirvió de excusa para desaparecer sigilosamente e introducirme en el dormitorio. Yo, como un masoquista, oí como rasgaban un papel: "Bueno, entonces anulamos la compra. De verdad que me marcho muy apenado por no haber aprovechado esta oportunidad irrepetible. ¡¿Ves cómo son las mujeres, David?! ¡Te han dejado sin la obra que tanto te gusta! ¡Bueno, bueno, en otra ocasión será!". Y así desapareció por la puerta aquel hombre, que, al fin y al cabo, debería tener agujetas en la lengua para nada, seguramente una vez más, en su carrera de vendedor ambulante de libros.