Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

07 octubre, 2011

El ángel ascendido


Fotografía del autor
 
“Te daré innumerables tesoros hasta enterrarte en ellos y relucir a mil leguas de distancia. Te concederé felicidad infinita en la Tierra. El mundo entero estará a tus pies: ante ti, bajarán la cabeza reyes, príncipes, el mismo Papa. Las mujeres que desees, las obtendrás con una simple mirada. Tu longevidad será muy superior a la de cualquier hombre y la gozarás como goza un jovenzuelo de su juventud.”  
 
Ésta era la propuesta diaria, ya monótona, de aquel diablo. Siglos y siglos repitiendo las mismas palabras, hasta conseguir hacer sudar de avaricia a sus más nobles víctimas. Se rindieron a la tentación gente ya poderosa, pobres y curas. Pero aquel diablo estaba harto, aburrido habría que decir, de su monotonía.
 
“¿De qué vale”, se decía, “ser malo? ¿Qué consigo realmente con la compra de tantas almas? Siglos escuchando las mismas plegarias: Quiero romper el contrato, dicen. Estoy tan aburrido...”
 
Un día se marcó su vida como con un hierro candente. Trataba de tentar a un motero, ya se sabe, gordo y con enormes tatuajes en los brazos.
 
–Te daré innumerables tesoros hasta enterrarte en ellos y relucir a mil leguas de distancia. Te concederé felicidad infinita en la tierra...
 
Pero el motero, en un alarde de querer imitar al diablo, tentó:
 
–¿Por qué no te compras una moto?
 
–¿Cómo? –preguntó el diablo sorprendido.
 
–Sí, una moto: grande, reluciente, con un manillar enorme. Recorrer el mundo mientras te vibran las manos, el culo...
 
El buen diablo parecía recelar.
 
–...ser el dueño de la de la carretera, llevar a una chica detrás que quiere escapar de su jefe, vivir el día y la noche...
 
–Y ¿podré beber cerveza en un local de mala muerte? –interrumpió el diablo con ojos centelleantes.
 
–¿Quién o qué te lo impedirá?
 
Y desde aquel día se montó en una moto roja y negra, dejó de tentar a los hombres y se hizo llamar el Diablo Motero. Ya jamás se bajó de la moto y los moteros se encomendaron a Él siempre que lo necesitaron, convirtiéndole así en su santo y patrón.

13 diciembre, 2010

El chupador de sangre

Del libro de relatos "UNOS CUENTOS"

Fotografía del autor

–Yo señor, sé que no soy un vampiro. Es un deseo irrefrenable el ver a una mujer y tener que hincarle el diente en la yugular –derecha o izquierda, que no tengo manías– y beber el caliente líquido hasta que ésta deja de apretar mis brazos y la espicha. Entonces espero a que resucite sin ningún tipo de esperanzas: espero minutos, horas y nada. Una vez me tiré días de brazos cruzados ante el cadáver y tuve que levantar el vuelo porque el tufillo ya era considerable.
»Usted como psiquiatra comprenderá. Porque sé que no soy un vampiro ni estoy loco, pero llegado el momento la euforia me obnubila y sólo veo sangre y pierdo mi identidad sin saber quién ni qué soy. Pasados unos días comienzo a recuperarme siendo consciente que he hecho mal, que he sesgado la vida de una mujer preciosa. Pero comprenda, doctor, que no me gustan las feas y los hombres me dan un poco de asco. Qué le vamos a hacer, no lo puedo remediar. Para eso estoy aquí tumbado gastándome las pelas, intentando buscar su ayuda y comprensión.
»La verdad sea dicha, la primera vez fue desastrosa. Salí del cine de ver una de Drácula. Nunca hasta entonces había tenido la necesidad de emular al gran maestro pero hay algunas pelis que marcan. Me acerqué a una chica que había estado sentada a mi lado, y por cuestiones que no vienen a cuento explicar ahora, conseguí irme con ella a su casa. Tenía una copa en mi mano izquierda, con la otra tuve la habilidad de despojar a la chica de la parte superior de su ropa. La besé, lamí sus pechos erectos, subí por su hombro y ya a la altura del cuello abrí la boca casi hasta desencajarme la mandíbula clavando mis caninos con la mala suerte de toparme con una gran cadena con la que creí haber perdido los piños. Ella que apenas había sufrido un rasguño, saltó sobre mí y pegándome una gran somanta de palos consiguió echarme de su casa entre los más variopintos improperios.
»La segunda vez no se me presentó mejor. Ante el temor de encontrarme otra gran cadena, me fijé mejor en el hermoso cuello hallando una cadenita. Ataqué por la retaguardia. Cuando estaba a punto de apartarla descubrí que pendía de ella un pequeño y plateado crucifijo que me cegó por unos segundos. Grité y salí corriendo hacia la salida. Ya ve doctor, yo que no soy un verdadero vampiro huyendo como un poseso por un pequeño e insignificante crucifijo.
»Pero el tiempo me fue dotando de una experiencia con la que conseguí ser alguien en este delicado pero agradecido oficio de chupador de sangre. Y si tanto me gusta este oficio ¿por qué acudo a usted?, seguro que se lo estará preguntando. Pues bien, a esto le respondo que quiero dejarlo. Tengo miedo al presidio, al rechazo social, al ridículo. Desconozco si la policía me sigue los pasos pero sé que si continúo no tardaré en ser trincado. Por lo tanto espero de usted que guarde el secreto profesional igual de bien que guarda el virgo un niño de ocho años.
El psiquiatra se levantó de su asiento. Comenzó a andar de forma pausada de un lado a otro, pensativo. Sólo se escuchaban los pasos que resonaban por toda la estancia llena de diplomas. Carmelo lo observaba tumbado desde el diván: era un hombre extremadamente pálido, de ojos sanguíneos y penetrantes, alto y delgado pero corpulento.
–Dentro de un rato –habló por fin el psiquiatra– verás el mundo de otra forma. No tendrás ese miedo que dices al ridículo ni al rechazo social. Permíteme que te sea sincero pero eres un completo desconocedor sobre la materia: ni tiene por qué ser una mujer bonita, ni debes hacer ascos a los hombres ya que no se trata de seducir si no… ¡de simple supervivencia! –dijo esto último mientras se abalanzaba violentamente sobre Carmelo.
Un gran reguero de sangre oscura comenzó a manchar el diván. El psiquiatra soltó el cuello de su presa. Miró el reló de la sala y subió la persiana con cautela asegurándose que ya había anochecido. Abrió la ventana y dando un gran salto descendió tres pisos en busca de más comida.

* * *

Cuando Carmelo abrió los ojos tuvo una sensación extraña: algo así como que no era él. Al ver toda aquella sangre que era la suya no tuvo miedo como sería de esperar. Muy al contrario, le inundó un estado de serenidad del que jamás había gozado y supo en aquel justo momento que todos aquellos temores que dictaban el orden habitual de su vida quedaban ahora desvanecidos para siempre, transformados incluso, en algo de lo que sentirse orgulloso.

26 septiembre, 2010

LA AZOTEA

DEL LIBRO DE RELATOS "UNOS CUENTOS"



Fotografía del autor


Alfonso contempló el paisaje desde tan alto: los árboles que desde abajo parecían gigantes que alargaban sus corpulentos brazos para tocar el cielo, ahora se transformaban en enanos achaparrados, aplastados a la tierra, encogidos como si tuvieran un dolor de barriga. El conjunto de la ciudad parecía traspasar el horizonte; no supo muy bien dónde terminaba. El ladrido del perro llegó lejano a sus oídos; el bullicio de la mañana se transmutó en el canto de la chicharra. El humo de las escasas chimeneas en activo, acariciaba sus narices para seguir ascendiendo hasta perder su forma.

Y los hombres discutían como lo hacen siempre; los coches pitaban; los carteristas sustraían las carteras con sigilo; los ladrones amenazaban con navajas; éstas traspasaban la carne en mano de los asesinos; los violadores babeaban sobre sus asustadas víctimas; los empresarios despedían a los empleados sin piedad con un gesto severo, hiriente y ridículo como lo hacen siempre... Pero ahí arriba se respiraba calma. Aquello que podía advertir Alfonso lo hacía como Dios, impasible, como si no fuese con él. Respiró la calma. Y todo se sucedía así, normal, como cualquier día; pero visto desde arriba, desde mucho más arriba a lo que acostumbraba.

Cuando se arrojó al vacío reparó en el error que estaba cometiendo: mientras el viento azotaba todo su ser, todo aquello por lo que había decidido quitarse la vida se acercaba ahora con pavor cada vez más deprisa; más y más deprisa.

10 septiembre, 2010

UNA MAÑANA MÁS

DEL LIBRO DE RELATOS "UNOS CUENTOS"

Al levantarse de la cama, Daniel tuvo hambre. Así que se preparó una buena taza de café con leche y arrasó con gran parte de la bollería industrial que guardaba en la despensa. Cuando terminó se encendió un cigarrillo que fumó a grandes bocanadas. Después espachurró en el cenicero la colilla que pasados unos minutos todavía seguía expeliendo un desagradable olor a quemado, hasta que se puso negra y terminó por apagarse. Se dirigió al servicio arrastrando por el pasillo las zapatillas con las suelas decoradas de la pelusa que iba recogiendo por toda la casa.
Cuando terminó de asearse, alguien llamó al timbre de la puerta. Daniel torció el gesto ante tal impedimento, porque si no espabilaba llegaría tarde al trabajo. Así que fue velozmente hacia la entrada con el pijama todavía puesto. Observó por la mirilla pero no pudo distinguir a nadie: quien fuese estaba demasiado cerca de la puerta.
–¿Quién es?
–Somos de las pompas fúnebres –respondió alguien al otro lado.
–¡De las pompas fúnebres! Se han equivocado, aquí no ha ocurrido ninguna desgracia.
–Ya empezamos... –pudo oír como un susurro–. Venimos a retirar el exitus de don Daniel Bravo.
–Pero ¿qué clase de tomadura de pelo es ésta? –dijo enfadado mientras abría la puerta–. ¡Por su culpa voy a llegar tarde al...!
Daniel tuvo que parar la reprimenda en seco al ver aquella pavorosa escena. No pudo contener un pequeño grito aspirado al ver a los miembros de la funeraria: dos esqueletos vestidos con unos trajes negros y unas corbatas del mismo color bien ceñidas a sus cervicales.
–Lo mejor será que no discutamos sobre este asunto aquí en las escaleras –propuso uno de los elegantes esqueletos.
Daniel seguía observando fijamente aquella escena, paralizado, creyendo que aún no había despertado completamente. Los esqueletos cargaron con el ataúd y se dispusieron a hacerlo entrar en el piso.
–Con su permiso –dijo uno de ellos–. No es muy apropiado dejar esto aquí afuera... Apártese un segundito no le vayamos a lastimar. Muchas gracias, muy amable.
Daniel tragó saliva, y en vez de salir corriendo decidió meterse en su casa y aclarar el asunto con aquellos señores que al fin y al cabo, pese a su aspecto, parecían de trato cortés. Así que cerró la puerta tras de él, produciendo un ruido sepulcral como el golpe de una losa.
–¿Qué... qué quieren de mí?
–Es usted el señor don Daniel Bravo, ¿cierto?
Daniel quedó unos segundos en silencio pensando si lo más adecuado era decir la verdad.
–Sí –dijo por fin.
–Pues entonces, como ya le dijimos anteriormente, no nos queda más remedio que llevárnoslo. Comprenda que ése es nuestro deber...
–¿Pe... pero no ven que estoy vivo?
–Por favor, caballero, no nos lo ponga más difícil. Entendemos que aún no asimile su desgracia, pero cuantas más trabas nos ponga más tarde acabaremos nuestro trabajo y más escabroso le resultará todo esto a usted. Intente comprendernos, caballero. Ahora no se preocupe lo más mínimo y quédese donde está que nosotros le trasladaremos hasta el ataúd.
Los dos esqueletos se acercaron a Daniel, despacio, como intentando no asustarle. Cada uno le agarró de un brazo mientras le daban palabras de aliento.
–¡Dé... déjenme en paz! Suéltenme les digo –dijo esto último quejumbroso, como un murmullo sin fuerzas.
–Usted no entiende... Déjenos hacer nuestro trabajo.
El timbre de la puerta hizo girar a los tres la cabeza que ahora sonaba como intentando hacer despertar a Daniel de aquella terrible pesadilla.
–¿Se da cuenta? –dijo uno de los miembros de la funeraria– nos van a llamar la atención por hacer tanto ruido. Ande, tranquilícese, ya voy yo a abrir la puerta.
Un hálito de esperanza se instaló en el gesto de Daniel al ver a su madre al otro lado de la puerta. El dedo descarnado del trabajador de las pompas fúnebres señaló a Daniel y la madre, llorando, fue corriendo hacia él hasta que por fin lo pudo abrazar.
–¡Ay, hijo, qué desgracia!
–¡Haz algo mamá! ¡Sácame de aquí!
–¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! He intentado venir lo antes posible cuando me he enterado. ¡Qué disgusto, Señor!
–Pero ¿qué diablos dices, mamá? ¿Tú tampoco te das cuenta de que estoy vivo? ¡Sácame... sácame de aquí!
–...mira que te lo advertía: hijo, no fumes tanto. Bebes demasiado. Tienes que cuidarte más, Daniel. Pero tú nada, como si no escuchases... Y las comidas tan fuertes que te metías para dentro, ¿qué me dices de eso? Pero tú dale que te dale...
Daniel quedó trastornado, pero sacando fuerzas de flaqueza, consiguió levantarse de la silla en donde había tomado asiento y salió corriendo hacia la puerta. Intentó girar el pomo pero éste no cedió. Uno de los esqueletos le mostró la llave. Ante aquella adversidad fue hacia una de las ventanas, pero en cuanto vio la altura recordó que vivía en un 5º. La fuga no era posible, estaba encerrado sin ningún tipo de esperanza. Apoyado en una pared se fue desmoronando lentamente hasta que terminó sentado en el suelo, sudando, recuperando poco a poco la respiración y con la mirada que tanto había cautivado a las mujeres, ahora perdida en la nada.
Los miembros de la funeraria avanzaron hacia él sin ningún tipo de prisas. Mientras uno le cogió por debajo de los brazos, el otro lo hizo por debajo de las rodillas. No sin poco esfuerzo, se lo llevaron hacia el ataúd con el continuo lloro de fondo de la madre que ahora se hacía notar más. Pusieron la tapa del ataúd y a Daniel se le hizo la oscuridad.
–No se preocupe, señora, en el tanatorio podrá volver a ver a su hijo si lo desea.
Cargaron con el ataúd y lo bajaron cuidadosamente por las escaleras procurando no tropezar. Al pasar por el portal, se apiñaban los vecinos con sus miradas curiosas que iban apartándose al paso de la comitiva. De cuando en cuando salía del interior de éste algún ruidillo que se apagaba entre las paredes de cinc. El portero volvió a dar el pésame a la madre mientras bajaba la vista.
Era aquélla una mañana cálida que prometía un buen día cuando introdujeron a Daniel en el coche fúnebre. El motor se puso en marcha; el destello de un intermitente hizo que algunos vecinos se metieran nuevamente en sus casas o se dispusieran a marcharse a sus trabajos, o a la compra, o a por la prensa. El coche ya no era más que uno de los muchos que circulaban por ahí esa hora punta.