05 diciembre, 2010

Pisando fuerte

Fotografía del autor


Llega la primera y tal vez tardía nevada del invierno. Tras caer durante todo el día estos copos de tamaño considerable sin conseguir que cuajen, los sucede la lluvia que hace aumentar cuatro o cinco grados la temperatura. Las hojas caídas vestigios del pasado otoño, causan resbalones; pero el mayor peligro está en las alcantarillas y rejillas que como las pises estás perdido. Hace mucho frío y bañan las calles de sal para evitar estos resbalones que producen nieve y heladas; pero cuando cesan, la sal mojada persiste causando prácticamente los mismos efectos. Luego llega la desconsideración de algunos conductores que van a toda velocidad y te empapan de arriba abajo al pasar por tu lado.

Cuando el suelo es una alfombra de nieve, es gracioso ver como anda la gente: unos dar fuertes pisotones, otros posan el pie con delicadeza y la mayoría buscan las pisadas de los que se aventuraron antes por estos lugares. Según transcurre el día, la nieve virgen de las aceras torna a un aspecto negruzco ya transformada en hielo. Éste es el momento más delicado para transitar las calles, por lo que si las puedes evitar, es mejor contemplar el espectáculo a través de la ventana de tu salón acogedor. Los conductores circulan con miedo y los vehículos en ocasiones se deslizan sin ningún tipo de control asemejándose a gráciles bailarinas.

Pero hoy la nieve no ha causado semejantes estragos. La gente tan sólo se ha visto obligada al uso de gorros, guantes y bufandas para intentar preservar el calor. Los paraguas también aparecen en escena aunque de poco sirven cuando los copos de nieve juguetean con el aire y terminan colándose por todos los lados. Y los niños, ya han perdido toda ilusión por disputar batallas con bolas de nieve.

29 noviembre, 2010

Monopatines

Fotografía del autor


Aquí en Madrid, nuestras plazas han sido tomadas por los monopatines. Ya no se puede pasear por ellas con la tranquilidad de no ser arrollado por uno de estos artefactos que van destrozando bancos y oídos. En más de una ocasión, he tenido que apartarme o desviar del cochecito de mi hijo pequeño para evitar un accidente. No les vale con los lugares habilitados para tal fin y lo peor de todo es que el ayuntamiento no hace nada por evitarlo.


Las aceras han de ser para los transeúntes; las carreteras para vehículos con motor. Y menos mal que parece ha desaparecido, aquella moda impuesta hace unos años de ir enganchado en la parte trasera de un autobús con uno de estos monopatines (no sé si para ahorrarse el billete), donde no sólo se ponían ellos en peligro si no también a todos los que estaban a su alrededor.

En muchos casos no se puede hablar de chiquilladas: es sorprendente cuando ves a un ganso barbudo y con el pelo en pecho encima de una de estas tablas rodantes, luciendo bermudas tobilleras. Pasan por tu lado rozándote, con una mirada burlesca y desafiante y, claro, no puedo menos que esbozar una disimulada sonrisa cuando en ciertas ocasiones van a parar contra los duros adoquines que conforman el suelo.

Al fin y al cabo, no deja de ser una cuestión de educación: todo el mundo podría hacer lo que quisiese siempre y cuando primase el respeto, ese respeto que hoy en día está en vías de extinción. Porque créanme, yo también he sido un adolescente y jamás he faltado el respeto, ni me he metido con un anciano, ni les he empujado como estos ojos míos han visto. Una cuestión de educación...

Pero me he desviado del tema; yo estaba escribiendo sobre los usuarios de los monopatines y he terminado por referirme a los empujones a los pobres ancianos. Aunque eso sí, todo está relacionado con la educación: ésa que han de impartir los padres, los profesores, la sociedad en definitiva, que cada día nos exige más pero curiosamente saca menos de nosotros.

20 noviembre, 2010

Así comienza la obra de teatro "EL HOMBRE TUMBADO"

Fotografía del autor 




ACTO I
El escenario está libre de decorados. Tan sólo eso, un escenario.



PRIMERA PARTE
ESCENA I

(Hay un HOMBRE TUMBADO de pelo largo y cano y barba de tres días, en el centro del escenario.Viste camisón y sus pies están descalzos. Su aspecto es el de un cadáver. Decúbito supino, tieso y blanco como la leche, descurbre su rostro retorcido. ADRIÁN y CIRO entran en escena.)
ADRIÁN.-Mira, un hombre muerto.
CIRO.-¿Dónde?, no veo ningún hombre muerto.
ADRIÁN.-Allí.

(CIRO sigue sin advertirlo.)

ADRIÁN.-(Señalando.) Allí.
CIRO.-¡Ah!, ya lo veo.
ADRIÁN.-Vamos.

(Se sientan los dos al lado del HOMBRE TUMBADO, mirando hacia el público.)

CIRO.-(Agita al HOMBRE TUMBADO.) Sí, parece que está muerto.
ADRIÁN.-No ríe, no llora, sus ojos abiertos, su boca también... está muerto, no hay duda.
CIRO.-¿Qué hará en medio de este escenario, Adrián?
ADRIÁN.-Puede que no tuviera familia y haya venido aquí a morir. Incluso podría haber sido un actor.
CIRO.-(Encendiéndose un cigarro.) Si no estuviese muerto le ofrecería uno.
ADRIÁN.-Tal vez le mato éso.
CIRO.-No seas neurasténico.
ADRIÁN.-(Tras mirar detenidamente al HOMBRE TUMBADO.) Ayer lo vi en un sueño.
CIRO.-¿El qué?
ADRIÁN.- A un hombre tirado en un escenario.
CIRO.-¿Quieres decir, Adrián, que soñaste con esto?
ADRIÁN.-Sí.
CIRO.-¿Qué pasó a continuación?
ADRIÁN.-(Se levanta.) No lo sé, sólo vi a un hombre tirado en un escenario.
CIRO.- Entonces...
ADRIÁN.-¿Entonces qué?
CIRO.-Entonces nosotros mismos tendremos que dar fin a tu sueño.
ADRIÁN.-¿Cómo?
CIRO.-No lo sé; tendremos que pensar en ello.

(CIRO sigue con la mirada a ADRIÁN que vuelve a sentarse donde estaba, y se ponen los dos a pensar en el final del sueño.)

CIRO.-Adrián, ¿no podría ser que siguieses soñando?
ADRIÁN.- No creo...
CIRO.-Puede que no hayas despertado todavía.
ADRIÁN.-No puedo poner la mano en el fuego, pero... no creo. Me imagino, Ciro, que puedes sentirte, incluso has tocado al muerto con tus propias manos.

(Vuelven a pensar.)

CIRO.-Podríamos enterrarle. Ya he visto a un par de moscas rondando por aquí.
ADRIÁN.-No podemos enterrarle en un escenario, Ciro.

(Vuelven a su posición pensativa.)

CIRO.-(Interrumpiendo.) ¿Sabes?, me has convencido de que ahora no estás soñando. Pero tú, que no le has tocado, ¿estás convencido?
ADRIÁN.-Me haces dudar.
CIRO.-Tócale.
ADRIÁN.-(Acerca su mano al rostro del HOMBRE TUMBADO y le toca.) ¡Mira, el muerto se mueve!
CIRO.-¡Vuelve a la vida!
ADRIÁN.-¡Es un milagro!
HOMBRE TUMBADO.-(Se incorpora.) Ni he vuelto a la vida, ni ha habido milagro alguno.
CIRO.-¿No estaba muerto?
HOMBRE TUMBADO.-No. Ni el Diablo me quitó la vida, ni Dios me la devolvió.
CIRO.-No puede ser. Yo mismo lo zarandeé y no despertó. Su corazón no lo sentí y su nariz y boca no expelía el más despreciable aire que un hombre puede expeler.
HOMBRE TUMBADO.-No te lleve el Diablo ni la locura y pálpame nuevamente. Siente mi corazón y nota que tomo y echo aire por despreciable que sea o te parezca a ti y a tu amigo.
CIRO.-No será necesario.
HOMBRE TUMBADO.-¿Me crees?
CIRO.-A usted no, a la evidencia.
HOMBRE TUMBADO.-No te entiendo, si crees en la evidencia has de creerme a mí.
CIRO.- Es posible.
ADRIÁN.-Es el Diablo.
HOMBRE TUMBADO.-Soy Dios.
ADRIÁN y CIRO.-¿Dios?
HOMBRE TUMBADO.-No, pero me apetecía decirlo.
ADRIÁN.-Está loco.
HOMBRE TUMBADO.-Yo no soy el que va viendo muertos por ahí.

(ADRIÁN se va. CIRO de cuclillas mira para él y para el HOMBRE TUMBADO en repetidas ocasiones. Finalmente sigue a su amigo ADRIÁN. El HOMBRE TUMBADO regresa a su posición original y vuelve a perder las constantes vitales.)




ESCENA II

(Entra un hombre desnudo con la mitad derecha del cuerpo pintada de negro y la mitad izquierda de blanco, dando saltos y retorciéndose en una danza sin música.)

HOMBRE PINTADO.-He aquí a un hombre esperando la muerte, porque su vida ya no significa nada para él. Seguramente fue feliz. Pero aquello terminó. Una nueva vida se abre ante sus ojos. Todo le será más cómodo después.

(El HOMBRE PINTADO se pone a danzar alrededor del HOMBRE TUMBADO y luego se para en seco detrás de éste. Inca una rodilla en el suelo y estira muchísimo la pierna opuesta. Acaricia con las yemas de sus dedos el rostro del HOMBRE TUMBADO.)

HOMBRE TUMBADO.-(Se despierta y se incorpora.) ¿Quién eres tú?
HOMBRE PINTADO.-Yo soy un poeta. No tengo nombre, ni padre ni madre. Sólo soy un poeta. Mi casa es la noche y soy parte de ella. Cuando ésta llega tapo mi parte blanca y descubro mi parte negra. ¡Admira ahora mis dos partes! Voy en el viento de la noche, en el agua iluminada por la luna, en la lluvia que cae en la oscuridad. Acompaño a la Muerte cuando se lleva a alguien por la noche, y custodio el alma del niño que acude a la vida en el dormitorio de la mujer preñada.
HOMBRE TUMBADO.-Eres un hombre extraño.
HOMBRE PINTADO.-Soy lo que tú quieras que sea, como tú quieras que sea. Puedo ser un dios; puedo ser un diablo. Seré un elfo para ti, un rey, una prostituta si lo prefieres. Seré el mar que te baña, el cielo estrellado que te proteja en las noches, la mirada de tu amante. Seré..., ¡un bailarín!

(El HOMBRE PINTADO se pone a danzar. Se hace la oscuridad y relampaguea con furia. El viento suena. Tras cierto tiempo así, vuelve la luz y la calma. El HOMBRE PINTADO ha desaparecido.)

HOMBRE TUMBADO.-¿Dónde estás? ¿Dónde te escondes?
VOZ DEL HOMBRE TUMBADO.-Ahora soy parte del viento y de la noche y nos vamos de aquí. No sé adónde. Nos dejaremos guiar hacia algún lugar del planeta. No importa lo que tardemos ni el cansancio del viaje. Cuando lleguemos descansaremos, haremos la oscuridad y el desasosiego. Pero volveré a ver si has muerto o no. Si has muerto guiaré tu alma y si no es así, me quedaré contigo hasta que la Muerte venga a por ti.
HOMBRE TUMBADO.-¿Morir? Yo no quiero morir. ¡No quiero morir!

(El HOMBRE TUMBADO no obtiene respuesta.)




ESCENA III

(Aparece una mujer y el HOMBRE TUMBADO mantiene un monólogo sin advertirla.)

HOMBRE TUMBADO.-Es un personaje extraño. Yo no quiero morir.

(El HOMBRE TUMBADO que está sentado, se tumba mientras la mujer lo mira.)

HOMBRE TUMBADO.-¿Quién es el idiota que desea morir? Mi vida es tranquila y sin complicaciones aquí tumbado, sin hacer otra cosa en todo el día y toda la noche.

(La mujer se acerca al HOMBRE TUMBADO y se sienta encima de él. Le besa apasionadamente.)

HOMBRE TUMBADO.-(Librándose de su boca.) ¿Qué haces? ¿Quién eres tú?
NINFÓMANA.-Soy una ninfómana. Aprovéchate de mí ya que puedes.

(La NINFÓMANA le busca nuevamente la boca y la consigue.)

HOMBRE TUMBADO.-¡Espera! ¿Te gusto?
NINFÓMANA.-Desde luego. Consígueme más tíos y lo haré con todos a la vez.
HOMBRE TUMBADO.-Pero eso... eso no es amor.
NINFÓMANA.-(Mientras le besa.) ¿Quién está hablando de amor? Hagámoslo, imbécil.
HOMBRE TUMBADO.-Espera. Parece que viene gente. Vayámonos a aquella esquina o se me cortará el rollo.

(El HOMBRE TUMBADO, señalando una esquina del fondo, convence a la NINFÓMANA y se marchan hacia allí.)

13 noviembre, 2010

600 kilómetros

Fotografía del autor


Esta vez las circunstancias me obligan a viajar de noche. Tras meter cuatro cosas en el maletero del coche y asegurar que todo está en perfectas condiciones, me pongo al volante, me amarro convenientemente el cinturón de seguridad y pongo en contacto el motor. Las luces de la ciudad me acompañan. Pronto cojo la carretera y al pasar la urbe, una oscuridad siniestra me persigue hasta el final del trayecto a Madrid unos 600 kilómetros después. Si esto no es suficiente, el virus de la gripe parece estar rompiendo las barreras de mi sistema inmunológico.

En cualquiera de los casos puedo asegurar que el viaje a Ronda a merecido la pena. He venido hasta aquí para recitar unos poemas que me han publicado y las luces y los aplausos y las dedicatorias y el estar todo el mundo pendiente de mí, me han sacado de la habitual monotonía de cada día.

Las curvas del descenso de Ronda cada vez son menos cerradas según pasan los kilómetros, pero vendrán otras mucho peores más adelante. Unas luces cegadoras que proceden de la parte de atrás, se reflejan en mi espejo interior y en los retrovisores teniendo que entornar los ojos. También llevan las largas algunos vehículos que vienen de frente; ¿para qué nos vamos a tomar la molestia de pensar en los demás? Mientras tanto, este virus traicionero va ganando la batalla: ya me ha parecido ver a la "chica de la curva" por dos ocasiones, y, aunque no tenga nada en contra suya, su aspecto desaliñado me echa un poco para atrás ofreciéndome cierta desconfianza. Y hablando de curvas, ahora, llegan las de Despeñaperros. La oscuridad es absoluta y esto está muy alto. Por el día el paisaje es espectacular, pero por la noche sólo puedes imaginártelo y es mejor no hacerlo.

Decido tomar un café en una estación de servicio a ver si me despejo un poco. La cafetería es inmensa y los únicos clientes somos mi hermano y yo. Espero que por el día esté algo más animado o no le auguro un futuro muy próspero a su dueño. Entro en el aseo y a pesar del frío que hace, me lavo la cara y la nuca. Al llegar a la barra un café humeante me está esperando. El cansancio hace que mi hermano y yo no nos terciemos ni una palabra. Regresamos al coche y, aunque no hay ganas para nada, un programa humorístico de radio nos espabila un poco sacándonos unas sonrisas y del estado catatónico en el que nos encontramos, pero sin distraerme de la carretera que esto es sumamente importante como predican las campañas de la "Dirección General de Tráfico".

No tarda en llegar una gran recta que no terminará prácticamente hasta llegar a Madrid. Esto es un inconveniente porque tal uniformidad, hace que una gran somnolencia acuda a borbotones como la caliente sangre a la boca de este vampiro hipnótico que es la noche; por lo cual, aunque me resulte incómodo, no viene mal que la carretera esté en obras para prestar más atención y entre otras cosas no llevarme por delante a algún obrero que está trabajando a horas tan intempestivas en medio de la nada, rodeado de verdes olivos, negro alquitrán y azuladas ojeras. Precisamemente uno de ellos me hace parar para cortar la carretera por un momento, teniendo que dar un frenazo porque su empresa no debe tener para renovar la ropa reflectante de sus empleados. Ahí me tiene unos cuantos minutos descansando cuerpo, mente y vista. Cuando me da paso y reanudo mi camino, el programa de radio llega a su fin regresando al anterior estado catatónico. Volvemos a enmudecer y advierto alguna cabezada furtiva de mi hermano.

Tras ver el letrero que da la bienvenida a la Comunidad de Madrid, se divisan las grandes hileras de luces que se adueñan de la ciudad. Llego a mi casa a las seis de la mañana y todavía es de noche. Aún puedo aprovechar unas cuantas horas de sueño pues a las tres de la tarde entro a trabajar siendo consciente que será una dura jornada. El pecho lo tengo completamente reventado por la tos, y parece que el extraño en mi organismo soy yo en vez del virus que de forma definitiva me tiene sentenciado. Me acurruco entre las mantas reencontrándome por fin con mi cama. Felices sueños.

01 noviembre, 2010

Del poemario EL COLOR DEL HORIZONTE




El pasado 28 de octubre fui a Ronda (Málaga) a la presentación del libro "Homenaje a Miguel Hernández en el Centenario de su nacimiento" publicado por el "Colectivo Cultural Giner de los Ríos". Ellos organizaron meses atrás un certamen de poesía, de donde salimos los cuarenta y nueve poetas seleccionados y que ahora formamos parte de este libro. Aquí dejo los dos poemas que recité en la presentación, y que integran un poemario que he titulado "El color del horizonte".

Ronda es un lugar mágico y especialmente para mí por la circunstancia personal. Fue también un acto mágico en el que su presidente, Manuel Casillas, nos hizo sentir a todos como en casa. Desde aquí mi más sincero agradecimiento a él y a todos los implicados.


I

Perderse entre los eucaliptos.
Recibir la llovizna
del cielo. Ver la ría desde lo alto
la brisa en tu rostro. Alargar una mano
para acariciar la tierra húmeda.
No pensar en nada. Ensimismarse.
Amordazar el grito y gritar los labios
sucios por la mora. Jamás apresurar el paso
y detenerse en cada rincón: contemplar.
Reconocer el  paisaje recortando la vista
en la alborada.




V

Al caer la tarde, pasear por la orilla
de la playa con los pies desnudos.
Unos tonos violaceos 
y el rumor del agua
pidiendo que le hagas el amor por la noche.
Piedras que se cruzan en tu camino
los dedos ensangrentados.
Levantar la vista dolorida
y alzarse enfrente el espigón
verde por las algas resecas.
La marea que apenas llega a cubrir las lágrimas
que se alojan en los párpados del suicida,
se dispone a subir un escalón
aullando como un lobo.

25 octubre, 2010

A la salida del trabajo

Fotografía del autor


La parada de autobuses acoge más viajeros que por la mañana. Por los rostros de ellos intento adivinar (cosa no muy difícil) si también salen del trabajo como yo, entran, o van a algún lugar para disfrutar de este sábado luminoso. Yo iré a mi casa, aunque tal vez dé un paseo con mi familia antes de la comida. A estas horas también hay más circulación por lo cual la tardanza será mayor que a la ida. Después de nutrirme debidamente, sesteo convenientemente, pues esto de madrugar es malo para los párpados y la percepción de las cosas. Al despertarme una extraña pesadez psíquica y corporal me invade, dejando mucho que desear de mi psicomotricidad; pero me voy recuperando según van pasando los minutos.

Ya por la noche me tomo un par de cervezas bien frías. La televisión es extremadamente aburrida y aunque no le preste atención, el sonido de fondo llega a hastiarme. Entonces recuerdo cuando emitían buenas series como Doctor en Alaska, magníficos programas como La Clave de Balbín, en el que su aroma a pipa parecía traspasar las ondas hertzianas impregnado todo mi salón, o inolvidables concursos como el Un, Dos, Tres, aunque llegase a ser un tanto cargante en su tramo final. Antiguamente, cuando solo existían dos canales de televisión, el público esperaba ansioso a los espacios semanales. Hoy en día eso no sucede; el zapping se ha adueñado de nosotros tal vez debido a la falta de interés por lo que están echando en la multitud de canales (y claro está, por la incorporación del mando a distancia en nuestras vidas sedentarias). En definitiva, que si no hay nada mejor que hacer, prefiero observar al bicho alado que ahora mismo tengo sobrevolando mi cabeza, y que, seguramente, no tardará en quedarse plantado en la pantalla del televisor.

10 octubre, 2010

En el trabajo

Fotografía del autor

El autobús ya ha llegado a mi destino. Miro por última vez a mi alrededor las calles solitarias de esa mañana de sábado, hasta que den las dos de la tarde y salga disparado de allí. Aquí los sábados, poco se trabaja y al estar solo en la recepción, las horas no avanzan como sería lo deseado.

Cojo las llaves de la clínica y tras dar los buenos días al portero de la finca, abro las puertas con desgana. Bajo la escalera que me lleva al averno y una angustia empieza a apoderarse de mí a cada peldaño, a cada golpe de corazón. Subo el estor, enciendo luces, ordenadores y luego le toca el turno a los compresores que me reciben con su sonido ensordecedor en la planta de abajo. Retorno a la planta de arriba, saco el dinero de la caja fuerte, doy el agua y saco de la máquina un café que me estropea el estómago para el resto del día.

Después comienzan a aparecer las compañeras y los doctores, mostrando todos ellos sus rostros ojerosos. No tarda mucho el desfile de pacientes. Muchos de ellos son habituales y ya se puede entablar una cierta conversación con cierta confianza, pero con el punto de pelotilleo requerido al tratar con un cliente. Luego están los mas bordes: los que te observan distante, los que esperan la menor oportunidad para morderte la yugular y encasquetar en el libro de reclamaciones un escrito absurdo lleno de faltas de ortografía. Creo sinceramente, que si no se pusiesen tantas sin motivo, se les prestaría más atención a las realmente importantes. Es lo malo de estar detrás del mostrador, que sin comerlo ni beberlo, te llueven las bofetadas por todos lados y a los doctores, el motivo principal de las quejas, ni pío.

Pero decía, que de forma general los sábados son tranquilos. De lunes a viernes mi turno es de tarde y ahí las cosas cambian: somos dos en la recepción y no damos a basto. La gente (como las cucarachas que abundan por este centro sanitario) sale de cualquier rincón y el teléfono no para de sonar. Se acumula el trabajo; comienza a reinar el caos. Cuando cae la tarde, las luces blancas del techo son cegadoras; la pantalla del ordenador es cegadora; las paredes blancas son cegadoras... y ya no ves a nadie. El cansancio acude sin timidez: se agarrotan los músculos desde la espalda hasta el cuello, por donde sube toda la tensión en pequeñas pero frecuentes sacudidas eléctricas que intentan trepar hasta las sienes. Ahí afuera todo está muy oscuro. Es un buen síntoma pues significa que la jornada está terminando; la negrura se alia conmigo.

Pero hoy es sábado y no anochece; muy al contrario, el día está en todo su esplendor. Van a dar las dos de la tarde y tengo que dejar de escribir porque al fin, apreciados lectores, me largo de aquí.