25 octubre, 2010

A la salida del trabajo

Fotografía del autor


La parada de autobuses acoge más viajeros que por la mañana. Por los rostros de ellos intento adivinar (cosa no muy difícil) si también salen del trabajo como yo, entran, o van a algún lugar para disfrutar de este sábado luminoso. Yo iré a mi casa, aunque tal vez dé un paseo con mi familia antes de la comida. A estas horas también hay más circulación por lo cual la tardanza será mayor que a la ida. Después de nutrirme debidamente, sesteo convenientemente, pues esto de madrugar es malo para los párpados y la percepción de las cosas. Al despertarme una extraña pesadez psíquica y corporal me invade, dejando mucho que desear de mi psicomotricidad; pero me voy recuperando según van pasando los minutos.

Ya por la noche me tomo un par de cervezas bien frías. La televisión es extremadamente aburrida y aunque no le preste atención, el sonido de fondo llega a hastiarme. Entonces recuerdo cuando emitían buenas series como Doctor en Alaska, magníficos programas como La Clave de Balbín, en el que su aroma a pipa parecía traspasar las ondas hertzianas impregnado todo mi salón, o inolvidables concursos como el Un, Dos, Tres, aunque llegase a ser un tanto cargante en su tramo final. Antiguamente, cuando solo existían dos canales de televisión, el público esperaba ansioso a los espacios semanales. Hoy en día eso no sucede; el zapping se ha adueñado de nosotros tal vez debido a la falta de interés por lo que están echando en la multitud de canales (y claro está, por la incorporación del mando a distancia en nuestras vidas sedentarias). En definitiva, que si no hay nada mejor que hacer, prefiero observar al bicho alado que ahora mismo tengo sobrevolando mi cabeza, y que, seguramente, no tardará en quedarse plantado en la pantalla del televisor.

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